Artigas
vuelve, a esta altura dramática del proceso nacional latinoamericano, a
constituir una candente línea divisoria. Se me hace que una gran batalla –por
todas las dimensiones de la conciencia del país y en tiempos tan próximos que
son casi presente–, se dirimirá nuevamente en torno suyo. Y no por azar, sino
porque ello está inscripto en la fatalidad, en el sentido del movimiento y ser
de nuestras cosas.
En
cada gran viraje de nuestra historia, cuando urge reasumir lo que hemos sido y
queremos ser, el Uruguay se topa irremediablemente con Artigas y está
constreñido a formularle su respuesta, a dilucidar su acertijo. Un acertijo
latente, grave, desde los treinta silenciosos años de exilio en la selva
paraguaya. Pues Artigas es el guardián de nuestro secreto nacional, la llave
peligrosa de un destino incumplido.
Mayo contra Artigas
Se
trata de trazar la significación esencial de Artigas, y ello nos lleva a su
contexto histórico concreto.
Veamos
primero la circunstancia que envuelve al proceso latinoamericano y rioplatense.
Entonces era Europa el centro mundial del comercio, y aparecían los primeros
síntomas de la revolución burguesa industrial, como formidable emergencia sobre
todo un planeta fundamentalmente agropecuario. Estaba en tren de decisión la
lucha secular entre los “tres grandes” europeos, España, Francia e Inglaterra.
España se deslizaba hacia un segundo orden, desangrada sucesivamente por sus dos
rivales, que la jaqueaban, y se escindía íntimamente entre “anglófilos” y
“afrancesados”, síntoma de la pérdida de su rectoría política. De su progresiva
dependencia alternativa respecto a sus dos adversarios.
España
había realizado un gigantesco esfuerzo colonizador que paradójicamente había
debilitado a su burguesía y revitalizado su estructura feudal, cada vez más
parasitaria de la Corona. Esto le hizo perder terreno, separada además por una
cicatriz oceánica de su reino americano. La incertidumbre del océano, expuesta a
la piratería holando-franco-inglesa, le obligó al pesado procedimiento de los
“convoyes” con ruta a un solo puerto. Recién con los Borbones se realiza el
postrer intento de fortificar a la burguesía peninsular y se abre una “libertad
inter-imperial” que acelera las exigencias de desarrollo conjunto. Pero ya el
ritmo de la historia le rebasaba. La parábola que corre entre las dos derrotas
de la “Armada Invencible” y Trafalgar estaba por cumplirse. Los mares ya no le
pertenecían, eran “libres” vehículos del “libre comercio”, o sea,
ingleses.
Los
fuertes son librecambistas, los débiles proteccionistas. No hay desarrollo
autóctono sin protección. Y el célebre monopolio español era la barrera
proteccionista que procuraba amparar su propio desarrollo, en un mundo económico
que le superaba. La herida congénita a la protección es el contrabando. Siempre
ha sido así. Pero finalmente dos hechos determinan la quiebra final del sistema:
Trafalgar y luego la ocupación francesa de Napoleón. Y esto no sólo hace
“caducar” a la autoridad monárquica sino, lo que es más profundo, a la propia
estructura económica metropolitana en su relación con la zona americana. Un
vacío tremendo que reclama suplencia. Y simultáneamente el “bloqueo continental”
decretado por Francia, hace que para Inglaterra, en pleno ascenso productivo, la
emancipación de América del Sur, se convirtiera en “el objeto más grande a
que debía atender y casi el único medio de salvarse” (Lord Grenville).
América del Sur e Inglaterra, recíprocamente vacantes de mercado, se encontraban
definitiva e inevitablemente.
Tal
la circunstancia álgida de Mayo. Bajo el imperio de tales acontecimientos toda
la estructura de América del Sur entra en súbita crisis. Un sistema decapitado
que buscaba readaptarse a la nueva coyuntura, y esta era inglesa. Tal cambio
sería un proceso trágico y turbulento, pues generaba nuevos poderes y arrasaba
otros. La mal intitulada “siesta colonial” se trasmutó en pesadilla, guerra
civil, luego independencia y finalmente disgregación balcanizadota. Los fracasos
nacionales de Bolívar, San Martín y Artigas son su símbolo, y los beneficiarios
nativos una pluralidad de oligarquías comerciales vinculadas a la City. Pero
limitémonos a la situación rioplatense.
La
Junta de Mayo de 1810 fue un golpe de estado porteño contra la autoridad
Virreinal que, de jure y de facto, había caducado con la estructura
económico-institucional que la sustentaba desde España. Sin ese contrapeso,
Buenos Aires podía intentar reducir a su dependencia todo el resto del
Virreinato, al Interior y al Litoral. De tal modo, se apresuró por sí y ante sí
para asumir una soberanía que radicaba en todas las Juntas del país. Pero
todavía no era tan fuerte, y necesitaba legitimarse por el consentimiento
general. La “provisoriedad” de la Junta era síntoma de una legitimidad renga.
Así, el golpe municipal de Mayo fue en sí mismo “unitario” y punto de arranque
de todos los conflictos en el Río de la Plata, incluso en la separación del
Paraguay, Uruguay y Bolivia.
La
disgregación de la autoridad y el poder monárquico español toma, como primera
faz, el conflicto de “juntistas” y “regentistas”. Es todavía guerra civil
hispanoamericana. En ese momento hace su entrada al escenario José
Artigas.
Artigas
opta por el “juntismo”, pero a una hora precisa. Buenos Aires estaba controlada
–efímeramente– por la Junta Grande y no por Moreno. ¿Qué significa? Vale la
pena detenerse aquí, pues desde ya apuntan las grandes líneas de la historia
rioplatense. Dejamos de lado el análisis del “regentismo” que pronto se diluye
en el “juntismo” (caso Paraguay), desbordado por la vertiginosa transmutación de
la guerra civil en proceso de Independencia. Y la guerra de
Independencia se convierte simultáneamente en guerra civil rioplatense, es
decir, para ajustar el léxico, se transforma de asunto hispanoamericano en
latinoamericano. Por ello, justamente, será en la contradictoria
dialéctica del “juntismo” que está germinalmente contenida toda la historia
posterior.
El
“numen” de Mayo fue Moreno, vocero de la oligarquía comercial porteña
instrumento de Inglaterra, la que culmina así un proceso iniciado en nuestra
playas desde la Colonia del Sacramento. Los mercaderes del “librecambio” querían
extender su dominio definitivo por todo el país y el “terror” morenista era su
expeditivo camino. Se trataba de liquidar rápidamente los obstáculos
provinciales. Ya en la discusión de 1809 los motejados “monopolistas” habían
advertido al comercio liberal: “las artes, la industria, y aún la
agricultura llegarían al último grado de desprecio y abandono; muchas de nuestra
provincias se arruinarían necesariamente, resultando acaso aquí la desunción y
la rivalidad entre ellas” (Agüero). Pero Moreno estaba urgido por apresurar
y forzar las cosas en beneficio exclusivo de la oligarquía comercial porteña.
Sin embargo, las resistencias que levanta provocan a corto plazo su caída. Y
surge así la Junta Grande como transacción nacional entre Buenos Aires y el
Interior. Se da cabida a la representación provincial usurpada. En
adelante la historia rioplatense será en gran medida una lucha tenaz, móvil,
entrecruzada, entre dos grandes tendencias que se disputarán el control de
Buenos Aires. Una, la de Moreno, francamente unitaria, proseguida después por
Rivadavia y Mitre. Otra, porteña pero más nacional, más atenta a los intereses
del Interior, con Saavedra, luego Dorrego y Rosas. Y recién ahora estamos en
condiciones de aprehender y señalar en su plenitud el significado propio de
Artigas, el “tercer hombre”, el auténtico tercero en discordia que terminará
excluido.
El
primer conflicto de Artigas con Buenos Aires estalla a poco de la Batalla de las
Piedras, al establecerse las bases del armisticio entre la Junta y el Montevideo
sitiado, por presión de Lord Strangford y las fuerzas portuguesas. Es el primer
abandono de los orientales a su suerte hecho por Buenos Aires. Se levanta así el
éxodo total, la “Redota” del pueblo en armas que sigue a su proclamado Jefe,
rompiéndose el pacto no expreso con Buenos Aires. Y desde el Ayuí Artigas irá
asumiendo su rol protagónico de intérprete de la voluntad provincial.
Es
en el Ayuí que nace prácticamente el federalismo, y frente al centralismo
porteño se señala que “la soberanía particular de los pueblos será precisamente
declarada y ostentada como objeto único de nuestra revolución”. De ahí que ya
para la concurrencia a la Asamblea del año XIII se fije clara posición: la
provincia sólo “queda sujeta a la Constitución que emane y resulte del
soberano Congreso Gral. de la Nación” y se formula la exigencia de
Independencia de España y la Corona. Pero las Instrucciones van todavía más a
fondo, determinando “Que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires
donde resida el sitio del Gobierno de la Provincias Unidas”, a lo que se
agrega la habilitación de los puertos de Colonia y Maldonado y la liquidación de
las tasas o derechos sobre productos de una provincia exportados a la otra y de
los diversos gravámenes sobre la navegación de cabotaje. Era una manera de
mellar el monopolio portuario bonaerense. Por supuesto, tal línea política sería
rechazada por Buenos Aires, que ni acepta a los diputados orientales. Y las
diferencias se ahondan hasta desatar una franca guerra civil, que culmina con la
derrota porteña y la liberación absoluta de la Banda Oriental por Artigas en
1815.
El
año 1815 es el ápice del poder artiguista. El momento de la Liga de los Pueblos
Libres bajo la protección de Artigas, y que comprende a las provincias
Orientales, Misiones, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba. A su frente,
Buenos Aires que sólo controlaba a medias al Cuyo, Tucumán, Salta y la Rioja,
reúne el Congreso monárquico de Tucumán y elije a Pueyrredón Director Supremo de
las Provincias Unidas de la Unión del Sur. El país estaba así dividido, pero la
balanza del poder se inclinaba hacia la Federación.
Se
suceden entonces los acontecimientos trágicos y decisivos de 1816. En ellos la
política británica juega un rol primordial. La oligarquía comercial bonaerense
estaba jaqueada y había que desconyuntar al federalismo provincial que era
proteccionista (como lo atestigua el reglamento aduanero general de setiembre de
1815 dictado por Artigas). Río de Janeiro era entonces el baluarte portugués de
la política inglesa; y así se produce la invasión portuguesa planeada por el
general Beresford, el mismo actor de las invasiones inglesas al Río de la Plata
en 1806. Se debía consolidar a Buenos Aires segregando rápidamente al Uruguay.
Con esta separación, las Provincias Unidas estaban inexorablemente condenadas al
puerto único de Buenos Aires. El país sería un embudo con una sola salida y el
federalismo impotente ante el monopolio bonaerense, sin el respiradero de
Montevideo. De tal modo, se juegan todas las piezas contra Artigas, quien debe
luchar en un doble frente: portugueses y porteños.
El
desenlace de la lucha se consuma en 1820. Es el año crucial de esta historia.
Los portugueses dominan ya casi toda la Banda Oriental y las Misiones,
abasteciéndose en Buenos Aires, e infligen a Artigas la última derrota de
Tacuarembó. Casi simultáneamente, los tenientes de Artigas quiebran en Cepeda a
los porteños y “la chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y
subió al Cabildo de Mayo”. Se celebra entonces el Pacto del Pilar, donde el
entrerriano Ramírez traiciona a Artigas, pues nada se dice de recuperar la Banda
Oriental y la guerra con Portugal. Luego el propio Ramírez armado por los mismos
porteños vence a Artigas exhausto, quien se interna en Paraguay.
Artigas
no fue al Paraguay en exilio, sino para reiniciar la lucha. Pero Paraguay,
aislado del mundo por Buenos Aires, se había recluido en sí mismo por completo a
través de la Dictadura del Dr. Francia. Este mantuvo una empecinada y suicida
neutralidad –que terminara con el arrasamiento de la Triple Alianza–, a pesar de
los anteriores e insistentes llamados de Artigas. Y es en 1820 cuando se impone
definitivamente la “Pax Francia” con el fusilamiento de los federales paraguayos
y su jefe Fulgencio Yegros, amigo de Artigas. Los dados están echados. Artigas
quedará prisionero y desterrado treinta años. Había dicho a sus últimos hombres
que regresaría. Y muchos como su fiel Andrés Latorre, esperaron inútilmente por
años su retorno.
Ya
en las postrimerías de su largo retiro, el viejo patriarca reafirmaba al general
cordobés Paz que “los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos
Aires una nueva Roma imperial mandando sus procónsules a gobernar a las
Provincias militarmente”. Así fue, y Mayo, con el correr del tiempo, con
Mitre y Sarmiento y el martirio de los caudillos provincianos, pudo consolidar
definitivamente su obra en la Guerra de la Triple Alianza. La balcanización
total estuvo cumplida. Su gran adversario de dimensión nacional, Artigas, había
sido destruido desde sus raíces con el apoyo anglo-portugués. Lo que siguió no
fue más que la lógica de la gran frustración artiguista. Quizás por ello se
cuenta que el Protector, desde el fondo de su soledad, pronunció aquellas
angustiosas y terribles palabras: “Yo ya no tengo patria”.
Artigas
y nosotros
La
destrucción ideológica de Artigas fue sistemática. Desde los albores de su
leyenda negra, con el panfleto de Cavia “El protector nominal de los Pueblos
Libres”, se acumuló una inmensa literatura empeñada en sepultarle. Buenos Aires
victoriosa acuñaba a través de Mitre la perfecta detracción de Artigas: “El
Atila del caudillaje”.
El
proceso balcanizador fue ocultado, el imperialismo disimuló su faz, Buenos Aires
guardó el secreto de su poder –la apropiación de la renta nacional a través del
puerto y la Aduana– y todo quedó resumido y desfigurado en otro gran y falso
combate: “Civilización y Barbarie”. Esta disyuntiva, que era el escamoteo de los
vencedores, fue denunciada –aunque sus voces apagadas casi hasta hoy– por los
más preclaros pensadores políticos rioplatenses del siglo pasado, José Hernández
–autor del Martín Fierro– y el último Alberdi. Dejemos a éste la
palabra: “El caudillaje que apareció en América con la democracia, no puede
ser denigrado por los que se dicen partidarios de la democracia, sin el más
torpe contrasentido. A esto responden que hay dos democracias en América, la
democracia bárbara, es decir, popular, y la democracia inteligente, es decir,
anti-popular; o sea, las mayorías por las minorías, la democracia es democracia,
por la democracia que es oligarquía”. Y reprocha a Sarmiento no haber
advertido que hay dos geografías: las de los poderes económicos y la de la
naturaleza. Así, “tomó lo que era geografía política, por geografía
natural” y “el libro Facundo, convertido en código y
catecismo de este caudillaje urbano, es dos veces peligroso, como rehabilitación
de las teorías explicativas de los viejos caudillos y como ocultación y
disimulación de la causa verdadera y real del caudillaje argentino ¿Cómo
encontrar el remedio de un mal cuya causa se ignora y no se quiere
señalar?”.
Si
es perfectamente comprensible la tergiversación porteña del sentido de Artigas y
su agónica sucesión, entre nosotros –Juan José de Herrera– extinguida en la
gloria sangrienta de Paysandú, cantada por todos los payadores, y que en el
Interior diera sus últimas proclamas con el “bandolero” catamarqueño Felipe
Varela diciendo: “¡Soldados federales! Nuestro programa es la práctica
estricta de la Constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el
Paraguay y la Unión con las demás Repúblicas Americanas”, es necesario
precisar mejor las razones del anti-artiguismo del Patriciado
montevideano.
Las
relaciones entre Artigas y el Patriciado, siempre fueron difíciles Pero su raíz
más profunda, su cisma incurable, será el Reglamento de Tierras de 1815. Pues
Artigas no sólo fue el gran caudillo nacional sino también social. Nadie mejor
que Artigas merece la definición de Jauretche: “el caudillo fue el sindicato
del gaucho”. Su reforma agraria le malquistará para siempre con el
Patriciado, será lo que no tuvo perdón. Y bajo el dominio lusitano nuestros
patricios, por boca de Santiago Vázquez, recordarán, con alivio y
estremecimiento, la reciente desaparición de Artigas, al que acusan
de“bandido y degollador”, usurpador de propiedades y “empeño de
destruir las fortunas”.
El
problema de la tierra, verdaderamente crucial, y sin el cual no es posible
entender la historia uruguaya, ha sido soslayado. La endémica situación caótica
de poseedores y propietarios está en fondo de casi todas nuestras revoluciones
hasta fines del siglo XIX. No hay duda que la reforma agraria artiguista tuvo
enormes proyecciones, y puedo apuntar que aún en 1884 a P. Bustamante le
sorprendía la osadía de quienes reclamaban derechos invocando “donaciones” de
Artigas. Y de muestra final, baste indicar que todavía hoy el Banco Hipotecario
del Uruguay no considera válidas las salidas fiscales originadas en mercedes de
tierras del gobierno de Artigas, y sí acepta, por ejemplo, las provenientes del
ocupante portugués Barón de la Laguna.
La
resurrección de Artigas en la conciencia oriental fue larga y escabrosa. Las
vigencias de nuestro patriciado le eran contrarias –los mitos unitarios estaban
reforzados por la tradición de la Defensa de Montevideo- y habían calado hasta
su adversarios. Esta realidad se refleja en los manuales de historia
finiseculares, como el de Berra, mitrista cabal. Fue especialmente a partir de
1880, cuando quedó estabilizada la balcanización general latinoamericana, que se
comenzó a sentir la necesidad de consolidar una conciencia uruguaya común
superando el cisma interior de blancos y colorados. Y fue tomando vuelo así el
regreso de Artigas. Un regreso singular y distinto. Ahora sería el gran mito
unificador del país.
¡Los
temores inamistosos y certeros de un Juan Carlos Gómez o un Melián Lafinur de
ver transfigurado a Artigas en un edulcorado Washington o Jefferson se han
cumplido! Un Uruguay separado del resto de América Latina, quitando además a
Artigas su dimensión social, debía endiosar a un Artigas abstracto, inofensivo,
jurista, poseedor de las Tablas de la Ley. Reducido a un antecedente mítico de
nuestra estructura jurídica. Nuestro Solón, o Moisés, o Licurgo. ¡Es la última
victoria de Mayo!
Pero
¿qué es lo que nos importa y nos llama hoy de Artigas? Quizás por primera vez
nos convoca su verdad total. Y ello es muy lógico. El signo de nuestros tiempos
ha cambiado, junto con todas las condiciones históricas. Es el fin de los
Imperios coloniales, y despiertan los procesos nacionales de los llamados
eufemísticamente “países subdesarrollados”. Es la quiebra de la dependencia y la
alienación. También aquí en América Latina estamos en el nuevo esencial viraje,
en las primicias finales de la balcanización. Soplan ya vientos nacionales. La
masa continental se mueve en profundidad, aunque la superficie esté apenas
picada. Una inmensa frustración ha sido nuestra historia. La frustración comenzó
en el siglo pasado, cuando una gran nación hispanoamericana en vías de formación
(España e Indias) quedó desconyuntada por el embate de Francia e Inglaterra.
Así, el último esfuerzo de la burguesía democrática española plasmado en la
Constitución de Cádiz del año XII, que reconocía la Nación como reunión integral
e igualitaria de “ambos hemisferios”, fue un canto del cisne, ahogado
además por la reacción absolutista de Fernando. La separación de España y
América del Sur fue ya irrevocable. A su vez, es el tiempo en que Bolívar, San
Martín, Artigas, intentan salvar la emergencia de una nueva gran nación unida
latinoamericana. Este propósito también quedó trunco, por la confluencia de una
incontrastable serie de de factores externos e internos. Desde entonces
Latinoamérica queda envuelta en el sopor balcanizador, incapaz de comprenderse
como totalidad, dividida en una veintena, impotente y aislacionista de Estados
Parroquiales, para usar la expresión de Toynbee. Estados Parroquiales y no
Nacionales, pues la nación quedó inconclusa y deshecha. Cada oligarquía
comercial se fijó el control de su comarca. Hubo tantos países como ciudades
importantes. Esto se ha prolongado hasta nuestros días. Y esto es lo que hoy
está en crisis.
Si
el primer beneficiario del desmembramiento fue Inglaterra, el sucesor actual
radica en el Norte de América. Los Estados Unidos son el nuevo gran
usufructuario; pero las exigencias del desarrollo industrial autónomo, el
crecimiento demográfico, la rapidez de las comunicaciones comienzan a provocar
el estallido de las encapsuladas “historias parroquiales” y el horizonte vuelve
a tomar ante las conciencias despiertas la figura global de Latinoamérica.
Una
gran misión nacional latinoamericana golpea nuestras puertas. Las antiguas
historia de campanario, raquíticas, se hinchan, desbordan su contenido. Pues
todos los países latinoamericanos tienen “cola de paja” y la nuestra –como no la
viera un autor– tiene el nombre de Artigas, se define como la cuestión
nacional. No se podrá en adelante encabezar un homenaje como lo hiciera Gustavo
Gallinal en el centenario: “Pierde valor la discusión de sí fue el fundador
o precursor de la nacionalidad oriental. El título no interesa”. Y tanto no
ha interesado, que el mismo monumento que vemos, en la Plaza Independencia dice
lacónicamente: “Artigas”. ¿Por qué ninguna otra
explicación? Quienes lo decretaron no se pusieron de acuerdo y optaron por no
poner ninguna leyenda ¡Grave mutismo! ¿Tan difícil es el enigma?
El
viraje de nuestra historia, la que estamos aquí y ahora viviendo, es el retorno
fatal, aunque muchos no lo sepan, al proceso latinoamericano. Aparecen las
señales, los augurios del ocaso de la fragmentación. Y por eso el secreto de
Artigas está a la vista, imponiendo ser reasumido a la altura de estos tiempos,
bajo las nuevas formas históricas. Años atrás un poeta lo barruntaba: en su
canto secular le reitera a Artigas: “No vuelvas. Volverás siempre”, y
la contestación es:“Mírame. Si alumbro, es para enseñar que de la
inmortalidad se vuelve siempre”.
Alberto
Methol Ferré